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VIAJE AL NO-ESPACIO

cromosoma


Mini prólogo

Aquí continúa la historia de Roquesor, protagonista de Las enseñanzas del Señor Roquesor y La venganza del mutante, dos novelas que escribí, más exactamente la historia de su segundo hijo, Praezar, lo que no convierte la presente en una tercera novela sino que sólo sirve de marco a una serie de relatos, cuentos truncos, aforismos y poesías que hacen el grueso del cuerpo y cuyo hilo conductor es su tono autobiográfico.

Que no se asuste el lector con lo de “autobiográfico”, no es mi intención contar la historia de mi vida, sólo utilizar mis vivencias, más específicamente mi lectura y conclusiones, como forma genuina de expresar entre mis ideas aquellas que considero importantes no sólo para mí, tal vez mi única opción a la hora de filosofar teniendo en cuenta que en las letras soy un aficionado (alguno coincidirá en que, mientras la formación es indudablemente valiosa a la obra artística, el folclore es indispensable).  Mi madre es en parte culpable de mi iniciativa, mi niñez transcurrió en un barrio pintoresco, ella solía decir «Con los personajes de este barrio se podría escribir un libro».



El Autor

Creo entender la duda que torturó
a mi padre y a los que le precedieron…


(Praezar, 23 de julio de 2315)
según el calendario Vera.)




I

Que revele que actualmente piso el suelo de la Tierra por ahora apenas servirá como punto de referencia, tampoco ayudará que les diga que mi finado padre era humano, renegado, pero humano al fin.  Pero si para algo han servido los fantásticos viajes que compartí con mi familia ha sido justamente para hacerme ver la importancia de los puntos de referencia.  Si mi discurso llega al término que espero quedará claro el indicio que significa para la hipótesis de mi padre que yo haya llegado hasta aquí.  A manera de legado intentaré complementar las reflexiones de mi padre con las mías basándome dentro de lo posible en conceptos acuñados a lo largo de siglos de historia por los que han habitado este planeta, a fin de que les sean comprensibles y, quién sabe, útiles.

Toparse con algo grande como un planeta debería haber sido prueba de peso a mis jóvenes ojos…  Mi temprana inclinación al empirismo era comprensible: hijo de una nereida del no-espacio y de, según él se definía, un “náufrago del inconsciente”, debía valerme de lo que tuviese a mano para conservar mi cordura.  Por otro lado debo confesar que atender a los interminables diálogos de marcado tenor científico que mi padre mantenía con Dios no me ayudó sino indirectamente, mi Primer Maestro, menos por método que por fe (aunque a él no le causaba gracia admitir esto), disfrutaba muchísimo en compañía de su singular amigo; durante una de esas largas conversaciones en que mi padre lo apremiaba con los planteamientos más descabellados me fue revelador un fenómeno puntual: la corriente, la irrigación y el calor se distribuían de manera irregular, concentrándose cada vez en un cerebro distinto del aparato.  Cabe aclarar que MPH, siglas de multiprocesador híbrido, o simplemente “Dios” como él mismo eligió apodarse, era el computador de veintisiete procesadores, mitad electrónicos mitad orgánicos, que estoicamente intentó salvaguardar nuestras mentes en nuestra travesía por los oscuros parajes donde mi madre se había criado junto a sus cincuenta hermanas.  Sé que mi relato confunde, ¡paciencia!

Volviendo a lo del empirismo y reivindicando a mis progenitores tengo que admitir que no sólo las palabras, también la experiencia nos puede engañar.  Nací en el espacio exterior, a bordo del Narval IV, nave que aún conservo, pero mis primeros años transcurrieron supuestamente en la Tierra, donde mis padres me trajeron con meses de vida y permanecimos hasta mis cinco años y medio de edad.  Digo “supuestamente” porque al fin corroboro las sospechas de mi padre, el planeta que conocí hace cincuenta y cuatro años terrestres se encuentra en un universo gemelo, una segunda Tierra en una realidad paralela.  No dejo de lamentar que él no haya podido completar el viaje hasta éste, su auténtico planeta natal, aunque fuera sólo para validad su teoría, dado que la nostalgia nunca venció su espíritu aventurero.  Pero no podía pedir más; aunque cueste creerse en un humano, mi padre, habiendo dejado la Tierra en el segundo milenio de la era cristiana, vivió más de tres siglos, a lo largo de los cuales recorrió el universo y algo más.

Tuve un hermanastro por parte de padre que murió siglo y medio antes que yo naciera.  A falta de hermanos biológicos, llenaron este hueco los doce jóvenes que completaron nuestra tripulación en aquel temerario viaje al no-espacio.  Dada la diferencia de edad, cuando los conocí tenían veintidós y yo sólo seis, tenía que conformarme con jugar solo o adaptarme como podía a sus salvajadas.  No viene al caso que los presente, tal vez mencione a alguno en la medida que el tema que me propongo tratar lo exija.

Guardo recuerdos vívidos de mi niñez en la “otra” Tierra.  Cuando cumplí cuatro años mis padres me obligaron a asistir a la escuela, algo que llamaban jardín de infantes.  Recuerdo la torpeza de esos niños, cuando los dejaban solos, en los recreos, no sabían más que correr de aquí a allá vociferando, en las actividades guiadas su capacidad se limitaba a dibujar garabatos o amasar chorizos de plastilina, por sobre todo ensuciarse, de ahí que llevaban por uniforme un delantal que, adivino por estrategia psicológica, copiaba en color y motivo al que usaban las maestras.  De no ser por su tamaño uno no las distinguía del resto, con el lápiz o la maza no eran capaces de lograr mejor resultado que los niños.  Un poco con sorna, en una ocasión en que nos mandaron dibujar les hice un esquema que mi padre acostumbraba utilizar como una especie de representación de la psique, su expresión al verlo fue la de esos rumiantes grandes domesticados que suelen tener pastando en los campos de este planeta.  Pero no me permití a mi mismo aburrirme o compadecerme, si mi ambicioso padre me había mandado a ese lugar por algo sería.  Algún fruto saqué de mi misión de antropólogo, en esas horas, que consideraba tranquilas y libres, jugué y di vueltas al dibujo de mi padre.  También me escapaba cuando podía a las aulas de los más grandes donde al menos hallaba algún que otro libro y mapas colgados de las paredes, por pura arbitrariedad no me permitían permanecer en estas clases.  Un día, durante el recreo, me metí en el aula de quinto, mirando por la ventana me percaté de cómo se asemejaba al dibujo de papá el ombú de la plaza que había en frente de la escuela.  Encontré en un estante un libro de anatomía, comparé el árbol con sus raíces y sus ramas con el esquema del sistema nervioso del ser humano.  Otra sección del libro mostraba una representación de las redes neuronales que se parecía a las de las rutas en el mapa de la pared, las grandes ciudades hacían las veces de nodos.  En ese entonces veía semejanzas curiosas, hoy me doy cuenta de que cuando uno dibuja hace algo más que representar lo que ve.

Uno no capta lo que ve sino cómo lo ve.  Podemos asociar las raíces del árbol a cómo los estímulos sensoriales convergen en el cerebro, por ejemplo la sensación de calor en toda la extensión de la piel, luego las ramas a cómo las ramificaciones neuronales dentro del cerebro divergen en diferentes decodificaciones en paralelo de dicho instante de sensación.  Decir que estas decodificaciones, o simplemente imágenes, se yuxtaponen es una simplificación, como lo es la metáfora didáctica del árbol.  Aquí viene a ayudarnos el mapa y sus carreteras, los nodos neuronales interactúan, captan distintas imágenes del instante de percepción, lo mismo sucede entre una porción del cerebro y otra.  Cada bóveda celeste de planetas ubicados en distintos puntos del cosmos enseña su decodificación particular; algunas constelaciones se ven diferentes, otras apenas deformadas, invertidas como en un espejo las intermedias a dos de ellos, las estrellas cercanas a uno son lejanas al otro, etc., todas son imágenes de un mismo sistema.  El observador que viaja de un punto a otro del universo completa una imagen tridimensional del mapa celeste, mucho más rica que la obtenida de un simple paralaje.  La cartografía es más que un buen ejemplo de cómo trabaja nuestro cerebro, éste es capaz de completar imágenes a partir de visiones parciales porque las yuxtapone no a formas fijas sino a funciones que abarcan multitud de puntos de vista y su interacción.  La inferencia de la Tierra plana no contradecía a la de su esfericidad, la mente preconcibe un mapa general que sirve de marco a sus observaciones de fenómenos particulares, lo hace a partir de su estructura intrínseca, condicionada por la interacción del individuo con el medio, la memoria del individuo, y la de la especie, la memoria genética.  Otro ejemplo son las partículas elementales, hermanas analíticas de los sintéticos mapas universales, el cerebro siempre preconcibe un marco, menos antropomórfico, menos egocéntrico en la medida que desarrolla su capacidad de abstracción.  Sea de lo grande a lo pequeño, sea de lo pequeño a lo grande, la mente toma lo que tiene a mano para improvisar un mapa genérico de su entorno, indispensable para la supervivencia.  Lo dicho ofrece un bosquejo de la conciencia, la cual, según creo, puede moverse, ubicarse en el sector neuronal que las circunstancias requieran y recoger de un mismo mapa tal imagen específica y tal otra al extrapolarse hacia otro nodo neuronal.




No entiendo cómo puede haber quien se embrolle discutiendo si el conocimiento es innato o adquirido.  La evolución del sistema nervioso de cada especie es resultado de la interacción con el medio.  La memoria del ADN del animal más evolucionado es resultado de la historia del cosmos.  Cuando los pensadores antiguos hablaban del conocimiento innato, del inconsciente, de lo onírico, hacían referencia al condicionamiento de esta memoria genética.  ¡Cómo puede competir la memoria de la corta vida del individuo con la de los milenios de evolución de la especie!  Luego, analizando al individuo en particular no cabe duda de que su memoria, resultado de su manera particular de procesar la información, es patrimonio de su propio cerebro.  Es tan difícil que un hombre guarde el recuerdo de un ultrasonido como que un murciélago el de un bello paisaje.  Visto desde esta amplitud, ¿dónde está el límite entre innato y aprendido?




Recuerdo cuánto hincapié hacía mi padre en la pretensión de control del ser humano.  Siendo el nombre “conciencia” no menos subjetivo que cualquier otro, a lo largo de la historia se habrá adjudicado a diversos fenómenos psíquicos o conjuntos de éstos, me atrevo a decir que todas las definiciones giraron en torno a la pretensión de control que criticaba mi padre.  Siguiendo mi camino a tientas, el de las hipótesis, infiero que la vulnerabilidad en la que el animal salvaje cae durante el sueño es el contraste más enfático en cuanto a control que el medio y su cuerpo como subsistema le hacen notar, por consiguiente su estado de alerta en la vigilia, la conexión directa con los fenómenos es su primer atisbo de conciencia.  Ganar control es lucha diaria de todo ser vivo, por su parte de responsabilidad sobre su propia organización y equilibrio.  A esta relativa independencia no la marca la membrana celular, la historia de la conciencia es la memoria del universo, nuestras concepciones no son del todo propias.  Tendemos a sobrestimar nuestra autonomía cuando nuestra conciencia depende principalmente de la parte más primitiva de nuestro sistema nervioso, la que nos conecta con el medio.

La formación de la conciencia en los primeros años de vida depende de la organización de la actividad nerviosa, desde el control de las extremidades, coordinación de vista y manos, hasta la concentración de estímulo en tal o cual sector del cerebro.  La memoria de los primeros meses de vida es amorfa, desorganizada, con lo cual difícil y hasta imposible de evocar; en esta etapa temprana aún es vago el foco de atención, el testigo (Yo consciente), desde que es intrínseco a la organización selectiva de la actividad nerviosa.  En la medida en que este testigo empieza a ganar control y a evaluar sobre qué tiene o no control dentro de lo que percibe, se ve a sí mismo en parte ajeno con respecto a aquello sobre lo que experimenta poca o ninguna soberanía, al mismo tiempo sabe que su cuerpo es en parte suyo porque lo sufre, sus reporteros, sus nervios, le dan constancia de sus funciones y su acción directa sobre su dicha o desdicha.  Por lo pronto la actividad en su vientre es impune a sus órdenes, también los deseos, malditos deseos que nacen del centro del cráneo, esta vez no del sistema nervioso sino de la hipófisis, parte de otro servosistema, el endocrino, que también se revela como autoridad superior a la suya.  No puede dejar de respirar o comer, aunque sea sólo para sentirse de una sola pieza, como más adelante se plantea en algún momento de su desarrollo de lo único que en cierta medida puede abstenerse es del sexo, cuando su voluntad se propone y determina a enseñorearse del instinto la sublimación del deseo se erige en pasión, luego en devoción, «Si no tengo el control, una entidad superior debe tenerlo», infiere su joven conciencia.  Busca primero a su alrededor, en el comportamiento de los animales, el devenir de los climas, especialmente al caer la noche, cuando se acerca ese temido estado en el que pierde el control incluso sobre las funciones que parecen obedecerle; la oscuridad y la droga que emana el centro de su cráneo induciéndole al sueño tergiversan las imágenes que el temor acaba transformando en demonios.  Ahí halla sus primeras deidades, aún no cuajan en institucionalizado Temor a Dios, la joven conciencia del hombre apenas da alarma del peligro inmediato, no tiene aún ventaja en su lucha por la supervivencia con respecto al resto de animales, algunos más fuertes pueden convertirlo en satisfacción de sus propios deseos, especialmente si lo hallan dormido, indefenso.  Aunque la conciencia ya comienza a darle ínfulas aún da a luz deidades que, como él, son víctimas de sus glándulas, dioses que cuando tienen hambre o ganas de fornicar manifiestan su enojo por ejemplo con catástrofes naturales, de ahí que el hombre intenta apaciguarlos ofrendándoles el sacrificio de algún bicho o alguna joven.  Este equilibrio duró millones de años, pero en su ambición de control el hombre acabó dominando su entorno al punto que ninguna especie ni inclemencia fue capaz de mantenerlo a raya, se convirtió en plaga y siguió procreando y amontonándose hasta formar imperios.  Aquellos dioses paganos ya no estaban a la altura de las exigencias, era necesario uno abstracto, invisible, impune a las inclemencias de la humedad y las pintadas, a los reveses de las grietas del alma de las etnias, de las conciencias individuales y por sobre todo impune al deseo, ¡libre de la fastidiosa necesidad!  El concepto Dios se volvió inabarcable en espacio y tiempo a la mirada del hombre, representando la impotencia de éste último ante ese gran sistema que, más que venir a salvarlo de su miedo, le infligió otro peor: la angustia de perderse a sí mismo en el abismo de lo colectivo.  Este monoteísmo con los que vinieron después acabaron imponiéndose con promesas a la medida de su ambición, ambición nacida del deseo que mezclado en dosis iguales con miedo se traduce en voluntad de poder, monstruo mucho más temible que el que lo acosaba antes de conciliar el sueño en sus épocas salvajes.  Para evadir la angustia se entrega dócil a su propio engaño, busca la sensación de control en placebos, modificando su entorno sin medida ni sentido, sólo por volverlo más razonable, predecible, césped inglés y arbustos con formas geométricas son la poca vida que perdona alrededor de la piedra, más tarde acaba cubriéndolo todo con asfalto y cemento y los únicos bichos de los que quedan alrededor que implican amenaza son los de su propia especie, que aunque no siguen la mayoría de las veces las reglas del juego (la voluntad de Dios) son también en cierta medida predecibles.  Cuando acaba de convertir todo lo que le rodea en fruto de su artificio cae en una fantasía mayor, la de creerse Dueño del Mundo, su apogeo.  De aquí en más, dado el estado de aceleración que promueve un camino facilitado, el crecimiento demográfico es exponencial, el calificativo de plaga ya no alcanza a definir su condición, el de “cáncer” es más adecuado.  Su degradación y la que él mismo inflige a su medio se retroalimentan, actividades especializadas, rutinarias, mecánicas, poco a poco van limitando su psique a apenas asistir la coordinación de sus extremidades, lo que lo llevan a perder la poca independencia que había ganado como ser vivo, la responsabilidad sobre su organización, su propio equilibrio.  Luego, siguiendo el devenir de las modas, relega las vicisitudes de sus deseos al dios de turno (sea Estado, Iglesia o Capital) al tiempo que se cree absolutamente consciente de todo, especialmente de sí mismo.  Esta fantasía es la que provoca la falsa ruptura entre cuerpo y alma: la mente humana en el afán imposible de verse a sí misma sigue sintiéndose un ente ajeno, separado e independiente en espacio y tiempo del resto cognoscible.  El hombre masa, resultante de las circunstancias antes enumeradas, se siente más que nunca dueño de su destino, cuando en realidad es mucho menos diestro que sus predecesores en el uso efectivo del pensamiento consciente, justamente porque no goza del cable a tierra del contacto con la naturaleza.  Su antecesor salvaje vivía sumergido en lo onírico, no había fractura entre consciente e inconsciente, cuerpo y alma, cosa pensante y cosa extensa, tampoco entre él y su medio, era cotidiano para él matar para vivir, al hombre moderno sólo admitir esto le resulta traumático.  En definitiva, esta historia de la conciencia quizá sea en realidad la historia de la inconsciencia del hombre, protagonizada por su exacerbada pretensión de control.  Encontré en textos de la Tierra hombres despiertos que han retratado este trepar hasta el apogeo y posterior derrumbe en algo que llaman Tragedia.




En vista de esta falta de conciencia es sano invitar a la siguiente reflexión: no pensamos sólo con el cerebro, pensamos con todo el cuerpo.  Tal olor, tal imagen, pasan inadvertidos a nuestra atención y nos traen tal o cual recuerdo…, pensamos con el medio y cuando digo medio, siguiendo la línea de dependencia, puedo decir cosmos.  Es el universo el que piensa, como sistema que abarca a todos los nuestros; el aire que respiramos, la comida, el sol, el viento, son causa.  Nos guste admitirlo o no el poder que tenemos es insignificante, somos el último brazo del afluente de un río que nace de un océano que nuestro entendimiento no es capaz de abarcar; el último impulso energético de un artefacto que siempre nos ha superado y por siempre lo hará.  Nuestro inconsciente es ese artefacto; la idea del inconsciente no nace por analogía con el cosmos, ‘es’ el cosmos.  Los biólogos, en el ámbito de su especialidad, definen la vida como la capacidad de auto organizarse; delimitan, definen diferentes niveles de dependencia.  Este límite se vuelve más difícil de definir en la medida que nuestro conocimiento se vuelve más rico, más complejo: la dependencia entre un sistema solar y la galaxia que lo contiene, la del núcleo y sus electrones, la del mamífero y la teta…  Ante este dilema el hombre cae en el error de separar, distinguir entre esas formas, esos límites con que decodifica y archiva lo que percibe, y una supuesta realidad inaccesible.  Luego busca una supuesta verdad absoluta ora en los fenómenos ora en las ideas.  Por más organizado, vivo, consciente que sea un sistema, nunca es del todo independiente.  La idea más abstracta no sale de otro lugar que no sea nuestro entorno, del que somos fruto, consecuencia.  No nos es lícito descreer de nuestro pensamiento y bajo ningún punto de vista confundir los límites conceptuales con barreras infranqueables, fuera y dentro son parte de un mismo organismo: el inconsciente, el cosmos.




Un sistema lógico consciente, por ejemplo la resolución de un problema matemático, es apenas la diapositiva de una pequeña porción de sólo una entre las miles de constelaciones o imágenes de la percepción de un fenómeno en un instante determinado.  Citando a mi padre, no se puede encontrar la solución a un laberinto desde dentro; no se puede aplicar el mismo método a diferentes problemas, no hay solución que no implique un salto irracional, un salto al vacío desde el puto de vista lógico, observar el laberinto desde arriba.  Limitar el conocimiento científico a asociaciones puramente conscientes es recurrir a reduccionismos, lógica ida en vicio.  Por ejemplo, en el mundo real no existen objetos fractales, un plano a escala uno en tres millones ochocientos no contiene los mismos elementos que otro a escala uno en diez mil, contar con distintas decodificaciones del mismo objeto nos ayuda a entender que un cenicero está formado por moléculas, no por ceniceros pequeños.  Si como sucede durante el sueño nuestro cerebro no contara con acceso a una capacidad de asociación más fluida, donde las imágenes se procesan a un nivel que a la conciencia sería patológico, caeríamos en un círculo vicioso frente al primer problema que se nos presentara, prisioneros de nuestra propia lógica.  Aquí es donde el famoso “paso al costado” viene al rescate, dejándonos ver el laberinto desde arriba y crear el método sin el cual no existiría futura solución.  Sin esta capacidad no habría ciencia que prospere.  La visión egocéntrica del mundo es, como antes dije, una primera instancia en la observación para luego, poco a poco, ir logrando separarnos del objeto (proceso que en sí mismo es subjetivo), lo que se da en estratos o niveles de comprensión porque, como antes señalé, el paso de una a otra subjetivación (u objetivación, puesto que ambos son parte de un mismo proceso) requiere un salto irracional.  Desde el enfoque que vengo sugiriendo la irracionalidad es un proceso no menos racional pero a nivel inconsciente, que maneja una cantidad de memoria infinitamente mayor que en el estrato último de este proceso de subjetivación que convenimos llamar conciencia.  La conciencia “pierde de vista” la innumerable comparación de imágenes de la asociación inconsciente, por eso le quita crédito lógico.  Su especialización confunde al consciente, que intenta inútilmente independizarse del inconsciente, su progenitor y rector eterno, pretensión de control que es tan autodestructiva como su opuesta, la de vivir en el ensueño.




“Y vio sus manos, que eran inteligencia…”, decía mi papá.  Escribiendo a máquina a veces me quedo rato varado en una regla ortográfica que no habría sido motivo de duda escribiendo a pulso; pasa más con las palabras comunes, hubo menos control consciente en el aprendizaje de éstas.  Hoy suena a herejía que memoria tan primitiva dispute el patrimonio al sacrosanto verbo cuando a ciencia cierta la memoria muscular, que al pensamiento consciente hasta le resulta intrusa, es el cimiento de la estructura, de la gramática de nuestro pensamiento.  Los niveles básicos y primitivos de aprendizaje se dan a este nivel.  Es lógico que estos estratos de memoria se entrelacen con otros más elevados, más abstractos.  El sistema nervioso de un ser vivo es un sistema “aprendido sobre la marcha”, creado en interacción con el medio a lo largo de millones de años de evolución.  Claro que es difícil concebir un robot que al caminar responda de manera sensible e inteligente en cada pisada a las irregularidades del terreno, este servomecanismo, sin embargo, es intrínseco al organismo vivo.  No es difícil hoy para nosotros, al ver la importancia de nuestras manos en la concepción de una forma y sus dimensiones (cómo un bebé utiliza sus manos y su boca para registrar cada objeto a su alcance), entender la imposibilidad de separar, diseccionar la responsabilidad de cada uno de nuestros sentidos en la concepción de tal o cual imagen aprendida.  Esto explica que los estratos que antes mencioné no tengan límites precisos, si ya se ha vuelto difícil distinguir niveles de abstracción en un sistema operativo de computadora, ¡cuánto más en un cerebro biológico!  Cuando razonamos ignoramos variables, lo que no significa que desaparezcan, con algunas lo hacemos de manera consciente, sabiendo que no afectan al problema a resolver, pero apenas intuimos el número infinito de variables detrás de todo fenómeno, de ahí la inferencia del “marco” del que antes hablé.  Nos detenemos a analizar un fenómeno particular, como la caída de un objeto, en tal dimensión y despreciando alguna variable como el rozamiento del aire, luego concluimos “la trayectoria es recta” a sabiendas que respecto a un eje cartesiano extraterrestre es curva.  Este recurso de nuestro pensamiento consciente ha venido siendo sencillo de entender desde siglos, no obstante la historia nos muestra cómo el hombre ha tendido desde siempre a convencerse de que hay una coordenada absoluta, un marco que contiene estoicamente al resto, fingiendo ignorar que no es más que otra variable o conjunto de éstas, ni más ni menos que otro punto de vista.  Contradictoriamente, esta comunión universal nos hace sentir disgregados, porque se presenta indomable a nuestro análisis y “póstuma” síntesis.  Obligados a atestiguar qué es real con nuestras manos, nos sentimos igual de indefensos que aquél que corría desnudo, desprovisto de argumentos, en los primeros tiempos.






*** Fin del primer capítulo de Viaje al no-espacio. ***




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